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En muchas ocasiones, me vienen a consulta parejas que me cuentan que lo más molesto para ellos son las conductas o maneras de ser del otro. Su foco de atención está puesto justo ahí y por tanto, entran en una dinámica de críticas mutuas: “...porque tú eres muy egoísta,
desconsiderado, desordenado, impuntual...” y una larga lista de adjetivos lanzados uno contra otro.

Cuando esto ocurre, es una cuestión muy delicada porque no puedo decirles directamente algo así como: “...todo eso son cosas que tú, que las estás criticando, también las tienes, pero no las ves o no las permites en ti”.

De lo que aquí estamos hablando es de la sombra, esto es, aquella parte de uno mismo que no reconocemos. Y si alguien te la alumbra, como son aspectos tan “feos” “intolerables” o “inaceptables”, las rechazas para no herir tu ego. Mi propuesta tras estas breves líneas es que cuando algo de tu pareja te moleste, te preguntes... ¿en qué momentos de mi vida he podido comportarme yo de manera egoísta, desordenada, impuntual...?

O quizá es que, en algún momento, te hubiera gustado serlo y no te lo has permitido por tus valores o principios, ya que en este caso lo que se genera es una especie de “envidia” porque la otra persona sí se lo permite y tú no.

Si eres sincero contigo mismo y capaz de mirar tu sombra, aceptándola, dejando de juzgar si está bien o no aquello que ves, entonces habrá menos cosas del otro que te molesten.

Porque si las aceptas en ti, las aceptarás en el otro. Descubre tu sombra y te descubrirás.