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Pedro era un antiguo paciente, al que atendí hacía unos años por un problema en su relación de pareja. A diferencia de otras ocasiones, esta vez pedía cita para él solo.

La semana pasada, acudió al médico de cabecera porque no se encontraba nada bien. Al explicarle los síntomas, esta le dijo que sufría un episodio depresivo, por lo que le recetó medicación. Pedro, al no entender cómo podía estar deprimido sin haberse dado cuenta, decidió llamarme.


Tan pronto como empezó a relatar su situación, surgió algo que para mí parecía obvio, aunque él no conseguía ver: se encontraba durante sus dos meses de vacaciones, pero el mero pensamiento en la vuelta al trabajo le sumía en un profundo malestar. “Cada día que paso sin trabajar es un día menos para volver”, me decía. Esta idea no le permitía disfrutar del periodo vacacional; tan solo podía pensar en la temida vuelta laboral.


En el fondo, Pedro odiaba su trabajo. Sin embargo, el hecho de que para los demás fuera “el trabajo perfecto” le hacía no contemplar siquiera la opción de dejarlo.


El problema es que no podemos engañarnos a nosotros mismos durante mucho tiempo, y a pesar de lo que digan o piensen los demás, al final somos nosotros los que vivimos nuestra vida y nos tenemos que enfrentar al día a día. Hay un momento en el que tu Yo necesita ser escuchado, y en el caso de Pedro, esa vida no era la que él necesitaba; le exigía demasiado para lo que le aportaba. La verdad es que ese trabajo podía darle dinero, un buen horario y buenas condiciones laborales, pero no era feliz en él.


Para que lo entendiera, le puse el ejemplo de una relación de pareja sentimental. Aunque fuera la persona ideal en cuanto a gustos, intereses, valores, principios, etc., no tiene sentido la relación si no hay amor, o al menos nunca será una relación plena.
Porque sí, tampoco existen los trabajos perfectos, pero no es menos cierto que un trabajo puede ser adecuado para una persona determinada y no para otras.


Cuando ya Pedro tomó conciencia de ello, lo difícil ahora era dar el paso que podríamos denominar “mover ficha”: cambiar la seguridad que da un trabajo fijo y bien remunerado por nuevas oportunidades a las que abrir las puertas.

 

Si estás en una situación parecida o te sientes atrapado en tu trabajo, solo te puedo decir que el miedo a soltar nunca te va a permitir sentir una vida plena. En ocasiones, hay que soltar para poder agarrar lo nuevo ya que, si no arriesgas, nunca vas a ganar.

Como se suele decir, a veces se gana y a veces se pierde, pero siempre merecerá la pena intentarlo; vivir plenamente.

 

 

Sylvia Rivera Rome
Centro de Psicología Fuengirola

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